Es
curioso observar cómo en cualquier intervención de uno de nuestros
políticos o pensadores actuales, abundan ciertas
palabras como
concordia, solidaridad, tolerancia, acuerdo, globalización,
adhesión, etc., que basta con mirar a nuestro alrededor para
tristemente comprobar que tan sólo son «palabras de moda», pues la
realidad actual de nuestro momento histórico es otra muy diferente:
hambre de muchos, en vergonzosa contraposición del bienestar de
pocos; injusticias bajo todas las banderas y colores;
insolidaridad, fanatismo, racismos y odios ancestrales; conflictos
armados o sin armar, guerrillas, masacres, «limpiezas étnicas»,
terrorismo, crueldad, violencia... y un largo etcétera de todo tipo
de males que, como los cuatro siniestros Jinetes del Apocalipsis,
cabalgan sin cesar a lo largo y ancho de nuestro pequeño planeta.
Lo más triste es que estas hermosas palabras, que constituyen la
firma de oro para asegurar de antemano el éxito de cualquier
discurso, nos ponen sobre aviso de una verdad oculta, un problema
sin resolver, una amarga certeza camuflada tras las máscaras de las
apariencias y que nos alerta sobre una penosa realidad:
«dime de qué
presumes y te diré de qué careces»... Pues de la misma manera que
sólo el esclavo reclama y grita libertad, puesto que su alma la
ansía desesperadamente, sólo el que no tiene paz dentro o fuera de
su corazón, habla de concordia; o el que está desamparado y solo,
habla de solidaridad; o el que se siente marginado, criticado o
excluido, habla de tolerancia...
Sin embargo, si uno quiere quedar bien ante todos, ya sea ante las
multitudes en un discurso, o en la intimidad de un grupo de
allegados, sólo tiene que unir hábilmente varias de estas «mágicas
palabras» para quedar como un rey, más allá de que tan sólo sean un
hermoso sueño muy fácil de nombrar, pero tremendamente difícil de
realizar. Y es que todo aquello que le haga al hombre salir de sí
mismo y abrir su entorno para entregarlo, compartirlo o armonizarlo
con los demás, cuesta mucho de vivir...
No obstante, hoy quería que hablásemos de uno de estos temas, y no
precisamente para «quedar como un reina», sino para que una vez más,
reflexionásemos juntos sobre algo tan esencial para la vida de los
hombres y de los pueblos, como es la Concordia. Esa misteriosa Dama
coronada de flores perfumadas, rodeada de blancas palomas y que
porta amorosamente sobre su regazo un haz de varas firmemente
unidas... A sus pies, el cuerno de la abundancia derrama sobre los
mortales, amados de los Dioses, toda clase de dones.
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En la Antigüedad, Concordia era la Diosa que armonizaba los
corazones de los hombres bajo su manto protector, y en su honor los
hombres de aquellos tiempos, levantaron los más hermosos templos y
compusieron las más sublimes odas. Todavía hoy rememoramos a la
antigua Diosa, cuando en las últimas Olimpiadas, corales de los
cinco continentes con hombres de todos los pueblos y razas del
mundo, cantaban al unísono el Himno a la Alegría de la Novena
Sinfonía de Beethoven, mientras los demás espectadores nos hacíamos
eco de ese canto de esperanza, dejando correr las lágrimas por
nuestras mejillas, mientras en silencio clamábamos al cielo por una
gota del preciado don de la Concordia, aquella que une corazones,
que armoniza a los contrarios, que enriquece a los desiguales y que
hermana a los hombres bajo el lazo del Amor.
Pero ¡qué fácil resulta poner en bonitas palabras estos
pensamientos
y qué difícil
resulta llevarlos
a
la realidad de nuestra vida
cotidiana!Qué
alegremente hablamos hoy en día de la Concordia,
simplificándola |
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Templo
de la Concordia. Agrigento, Sicilia |
hasta el punto de creer que Concordia no es más que «estar a gusto
con
un grupo de amiguetes» o «pasárselo bien en una reunión
familiar» o «llevarse bien con los colegas». Creo
sinceramente, que la Concordia es algo más grande y profundo que una
simple relación de superficie que nos hace ser «simpáticos y
agradables» con aquellos que nos son «simpáticos y agradables»; es
mucho más que ese barniz educado que nos da un aire refinado y
elegante en cualquier círculo social; es mucho más que ese «encanto»
natural que tienen algunas personas para generar alegría a su
alrededor y mucho más, también, que ese «algo» fortuito y pasajero
que hace que alguna vez, en algún lugar, con algunas personas,
estemos «en concordia».
Es curioso observar cómo la ciencia de la Psicología actual y la
Ciencia del Alma de la Antigüedad se dan la mano, cuando una nos
dice en forma de máxima sapiencial: «Quien no es capaz de vivir en
armonía consigo mismo, es incapaz de hacerlo con los demás»; y la
otra nos habla de que la clave de la felicidad está en desarrollar
en primer lugar la Inteligencia Intrapersonal (comunicación con uno
mismo) para luego hacerlo con la Interpersonal (comunicación con los
demás).
Lo
cierto es que en nuestro interior hay un «micro-cosmos», un pequeño
universo compuesto de distintas partes: una que piensa, otra que
siente, otra que procesa y asimila la energía vital y otra que
ejecuta la acción. Un conjunto de fuerzas que interactúan en
nosotros (muchas veces en auténtica contradicción) y que es
necesario que el director de ese pequeño estado, la Conciencia
superior, las armonice y las haga «con-cordar», haciendo de todas
ellas una verdadera unidad, un organismo vivo en donde cada parte
realice su labor, colaborando con el todo para la consecución de un
bien común.
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Si
queremos que el hombre interior no se deshaga en desquiciantes
luchas interiores, en esfuerzos inútiles y contrapuestos, en marchas
y contramarchas que boicotean sus propios sueños... ha de llegar a
un acuerdo consigo mismo: pensar, sentir y actuar en una misma
dirección, y así poder decir con verdadera altura lo que decía un
viejo filósofo: «Jamás seré un obstáculo para mí mismo».
Y
una vez decididos y puestos en marcha a trabajar en esa dirección,
hacerlo al mismo tiempo con la conquista y adquisición de toda una
serie de cualidades superiores que están vinculadas a nuestra
capacidad de relacionarnos, comunicarnos y armonizarnos con los
demás, y que son imprescindibles para alcanzar la tan ansiada
Concordia.
Si
te parece, como arquitectos de nuestro propio destino,
seleccionaremos cuidadosamente los materiales que emplearemos en la
construcción de nuestro hermoso sueño: en primer lugar, elegiremos
la Empatía, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, y así,
desde su punto de vista, podremos entender sus motivaciones y
comprenderle realmente. Sin una profunda comprensión de los demás,
es imposible la Concordia, pues cuando surjan las
desavenencias, diferencias y desigualdades, que sin duda aparecerán, puesto que
aunque en esencia todos somos iguales, en presencia somos todos
diferentes (diferentes gustos, distintas opiniones, diversos
objetivos, variados pre-juicios, otros valores...); sólo la
capacidad de entender los porqués del otro, nos permitirán
«realmente» respetarle.
En segundo lugar, nos esforzaremos en desarrollar tal vez la
más hermosa de las
cualidades del hombre superior: la Generosidad. |
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Monumento a la Concordia, Oviedo |
Sin
un cierto grado de abnegación para sacrificar algunos intereses
personales en beneficio de la unión del conjunto, es imposible la
Concordia. «Alguien tiene que ceder» y sólo los grandes de Espíritu
son capaces de dar el primer paso... y el segundo si es necesario.
En tercer lugar, educiremos el espíritu de solidaridad que todos
llevamos dentro, por encima del espíritu de competitividad con el
que prácticamente todos los nacidos en un sistema consumista hemos
sido educados. Como dijo un pensador: «El espíritu de competitividad
opone los intereses particulares y excita los egoísmos; pone el
interés general y el bien común en segundo plano, crea clases
sociales, hace oposición, suscita luchas sociales y guerras».
Mientras que el espíritu de solidaridad alude a algo sólido (el
solidus era una moneda romana de oro sólido); consolidado
pacientemente a través del esfuerzo y del tiempo; soldado
fuertemente con diversos elementos, que dejan de ser distintos y
separados, para convertirse en una unidad conjunta, homogénea y
coherente; solidario entre los diferentes, para poder trabajar en
colaboración y armonía, trascendiendo el beneficio particular en pro
de la felicidad del conjunto... como hace el cuerpo humano, que
gracias a la cooperación armónica de sus distintos sistemas
orgánicos, sostiene la salud... como hace una orquesta sinfónica,
armonizando los variados instrumentos para poder hacer música...
como es capaz de hacer el Uni-verso, integrando la diversidad en la
unidad, en un mismo plan de evolución global...
Y por último, seleccionaremos una cualidad esencial que es síntesis
de todo lo anterior: «hacer que siempre predomine en nuestras
relaciones con los demás, lo que nos une por encima de lo que nos
separa».
Si
bien, muchas son las diferencias materiales y formales que nos
separan, son muchas más las cualidades espirituales que nos unen. De
nosotros depende basar nuestra «con-cordancia», en elementos
materiales, superficiales, cambiantes, disgregadores, corrompibles y
que duran un día... o en levantar un hermoso templo a la Concordia
con cimientos tan sólidos y nobles como las eternas cualidades del
Alma, aquellas que son fruto del esfuerzo perseverante de un Alma
madura y que son las únicas, que no sólo nos otorgan la Victoria,
sino que nos hacen Invencibles.
De cualquier manera, no olvides nunca que todo esfuerzo destinado a
unir a los hombres corazón con corazón, vale la pena, pues siempre
hay algo que nos une con los demás, aunque tan sólo sea el hecho de
estar en el mismo barco de esta gran travesía a la que llamamos
Vida.
De nosotros depende hacer de las diferencias humanas un rico abanico
de posibilidades que engrandezcan a la Humanidad en conjunto.
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