No
cabe duda que la experiencia que vivió Galicia a la entrada del
siglo XXI, cuando
sus costas fueron invadidas por una marea de fuel,
ha contribuido enormemente a popularizar en España la figura del
voluntario. Una avalancha blanca se unió para limpiar aquellas
tierras y los medios de comunicación jugaron un importante papel en
la difusión de lo que se convirtió en todo un fenómeno social. Hoy
podemos hablar de voluntariado en cualquier de sus ámbitos e
identificar dicho concepto con la experiencia de algún conocido, el
relato de un amigo o, en muchos casos, con la vivencia propia.
Entre las
múltiples definiciones, encontramos como generalmente aceptado que:
«Voluntario es la persona que, por elección propia, dedica una parte
de su tiempo a la acción solidaria y altruista, sin recibir
remuneración por ello». Voluntario proviene del latín, del verbo volo («querer»), y hace referencia a la potencia del alma que mueve
a hacer o no una cosa. Desde jóvenes enérgicos hasta padres de
familia, jubilados, amas de casa, personas venidas de todos los
estamentos sociales, hombres y mujeres con diferentes creencias
religiosas, trabajadores, estudiantes... todo un mosaico humano en
acción que se presenta como una «respuesta solidaria para el siglo
XXI». Pero... ¿respuesta a qué? Tal vez a la pregunta que surge al
recoger los datos de la situación del mundo en los inicios de este
milenio: ¿qué pasará mañana? ¿Qué deparará el futuro? Y es que hoy
en día, las problemáticas sociales y humanas son numerosas y
requieren una solución, en muchos casos inmediata. Ya no son
únicamente una obligación de los gobiernos y administraciones
públicas, son problemáticas globales, que, en su mayoría, tienen su
causa y su solución en el seno mismo de nuestras sociedades... la
raíz está en el hombre. El voluntariado es la respuesta de parte de
esa sociedad, que consciente de su responsabilidad y sensibilizada
por las diferentes problemáticas, entrega algo de su tiempo y
experiencia en pro del bien común, sin pensar en el beneficio
propio.
Paralelamente al
desarrollo del voluntariado, en España se ha dado un aumento del
tercer sector1, que se ha intensificado en la última década del
siglo XX. Asociación, fundación, ONG... son conceptos íntimamente
ligados a la acción voluntaria y son la cuna y el lugar de
desarrollo del voluntariado. No debemos obviar que existen, además,
administraciones públicas que impulsan proyectos de voluntariado a
través de sus respectivas políticas sociales, culturales, etc.
Actualmente hay
más de 250.000 ONLs (Organizaciones No Lucrativas) en nuestro país;
en ellas desarrollan su labor cerca de tres millones de voluntarios,
de los cuales un millón lo hace durante más de 4 horas semanales2
(en las Islas Baleares, según un trabajo realizado en el año 2000,
ejercían el voluntariado alrededor de 85.000 personas; de ellas,
cerca del 40% dedicaba más de 5 horas semanales3). Y es que al igual
que no podemos hablar de la acción de la mano aisladamente de las
articulaciones del brazo y de los músculos que la mueven, del
corazón que bombea la sangre que le da la vida y de la mente que la
coordina con el resto del cuerpo, tampoco podemos entender la acción
del voluntario aisladamente, desligado de las organizaciones. La Ley
Estatal 6/1996 de 15 de enero, que regula el voluntariado en España,
dice en su artículo 3 que las actividades de voluntariado son
aquellas: «Que se desarrollen a través de
organizaciones privadas o públicas y con arreglo a programas o
proyectos concretos», así mismo: «Quedan excluidas las
actuaciones voluntarias aisladas, esporádicas o prestadas al margen
de organizaciones públicas o privadas sin ánimo de lucro, ejecutadas
por razones familiares, de amistad o buena vecindad».
Esto se debe a
que actuar a través de una organización va a dar mucha mayor fuerza
de acción y multiplicará los efectos gracias al trabajo en equipo
(sinergia). Además otorgará una mayor garantía de continuidad,
posibilitando la formación del voluntario en la búsqueda de una
especialización de calidad que sea eficaz. Junto a todo esto, va a
permitir una enriquecedora interrelación de los voluntarios,
fomentando modelos de coordinación y cooperación. Así mismo, la
adscripción a una organización implica un compromiso específico en
la medida de las posibilidades de cada uno, en el cual quedan
claramente manifestados los derechos y deberes que recíprocamente se
asumen en la realización de un proyecto.
Es importante,
al hablar de voluntariado, reconocer el valor de las acciones de
interés general4 que lleva a cabo, pero a su vez debe destacarse
otro aspecto no menos importante: el fomento de valores. Este ámbito
«educacional» posee un importante aspecto de acción preventiva a
largo plazo. Tal y como apunta el Balance de Ejecución del Plan
Estatal del Voluntariado: «El voluntariado
cultural, deportivo, medio ambiental, etc. tienen una gran
relevancia, no sólo por el indudable valor de las acciones que
realizan, sino también porque pueden entenderse como una escuela de
valores en que los jóvenes, y en general, todos los colectivos de
cualquier edad, aprendan principios como el de la solidaridad, la
ayuda altruista, la participación y el compromiso»5. Así
pues, cabe resaltar esa doble direccionalidad del voluntariado -en
todos sus ámbitos de acción-: a la vez que uno entrega parte de su
tiempo, conocimiento y experiencia, recibe una serie de elementos
del mismo género, lo que crea un circuito dinámico y abierto que se
resume en un continuo dar y recibir, en el cual, el enriquecimiento
siempre es mutuo.
Tras haber
desarrollado los dos elementos esenciales de este tema
(voluntario-organización), nos vamos a centrar en el voluntariado
cultural, tal vez menos difundido a nivel general que otras
modalidades pero que, no obstante, ya cuenta con un importante
desarrollo en nuestro país. El voluntariado cultural es una forma de
recuperar, conservar, difundir y acrecentar el patrimonio cultural
de los pueblos del mundo, abarcando las culturas tradicionales y
modernas, las diferentes corrientes artísticas, científicas o de
pensamiento, que a lo largo de la historia han sido y son la
expresión de las distintas concepciones que el ser humano ha tenido
de sí mismo, de su entorno y del universo que le rodea.

Dado lo amplio
del concepto, cabe especificar qué es el Patrimonio. La palabra
deriva etimológicamente del latín (pater) y se refiere
inicialmente a la herencia recibida de los padres. En su sentido más
amplio, el patrimonio cultural abarca desde la expresión
arquitectónica, artística y documental, hasta las costumbres,
creencias, mitos, fiestas y ritos de una sociedad. Este patrimonio,
que se ha desarrollado en un espacio temporal de la historia, es aún
accesible o susceptible de ser recuperado. Es, por lo tanto, la
herencia que hemos recibido del pasado y que se constituye en la
base de nuestra propia identidad; es el vehículo de expresión de la
memoria individual y colectiva de la humanidad, que le permite
reafirmarse y reconocerse, constituyéndose así en un apoyo
indispensable para proyectarse hacia el futuro. Según una de las
definiciones aportadas por la UNESCO: «La
memoria es un motor fundamental de la creatividad: esta afirmación
se aplica tanto a los individuos como a los pueblos que encuentran
en su patrimonio -natural y cultural, material e inmaterial- los
puntos de referencia de su identidad y las fuentes de su
inspiración».
El patrimonio
cultural se ha subdividido en dos ámbitos por su doble naturaleza:
material o tangible e inmaterial o intangible. El primero se refiere
a todos los objetos y construcciones que forman parte de la historia
de un pueblo: monumentos, libros, objetos, sitios arqueológicos,
sitios naturales, etc. Desde 1959, con el proyecto internacional
motivado para salvar los templos egipcios de Abú Simbel, las leyes y
los estados recogen medidas para su conservación y mantenimiento, y
son la primera imagen que nos viene a la mente cuando pensamos en el
«Patrimonio Histórico de la Humanidad».
Por su parte, el
patrimonio intangible es el que no se puede pesar ni medir, porque
no es material. Esa condición efímera lo hace sumamente extinguible.
Este sector del patrimonio ha comenzado a revalorizarse en el siglo
XX, pues la globalización de la cultura occidental materialista, en
su aspecto negativo, ha provocado que en muchos casos las
tradiciones orales, los valores, las creencias, las fiestas y los
conocimientos técnico-artesanales, se diluyan en el deslumbrante
apogeo del progreso tecnológico: «el
patrimonio intangible representa la fuente vital de una identidad
profundamente arraigada en la historia. La filosofía, los valores,
el código ético y el modo de pensamiento transmitido por las
tradiciones orales, las lenguas y las diversas manifestaciones
culturales constituyen los fundamentos de la vida comunitaria. La
índole efímera de este patrimonio intangible lo hace vulnerable ¡Es
apremiante ponerse manos a la obra!» (UNESCO).
Visto todo lo
anterior, tenemos ya una primera directriz por la que se orienta la
labor del voluntariado cultural. De la misma definición de la
palabra patrimonio, podemos extraer los numerosos campos de
actuación: conservación y promoción del patrimonio tangible mediante
limpieza de monumentos, conservación y gestión de los bienes
culturales materiales, trabajos de estudio e investigación,
catalogación, restauración, ayuda en el campo arqueológico,
organización y fomento de visitas a museos, creación de fondos
artísticos que constituyan el «patrimonio» del futuro, y un tan
largo etcétera como iniciativas y necesidades vayan surgiendo. Con
respecto a su segunda acepción -patrimonio intangible-, se realizan
actividades como el estudio y difusión del pensamiento de los
distintos pueblos y culturas, la recuperación y salvaguarda de
conocimientos, usos, costumbres, tradiciones, valores, etc. que no
hayan sido escritos o que por su condición sólo puedan ser
aprendidos a través de la experiencia vital, desde lenguas de
carácter minoritario o técnicas artesanales hasta la medicina
natural y algunas formas artísticas. Como ejemplos ilustrativos,
forman parte del listado de Obras Maestras del Patrimonio Oral e
Intangible recientemente ampliado por la UNESCO: la tradición de la
recitación védica (India), el teatro de marionetas Ningyo Johruri
Bunraku (Japón), la epopeya Al-Sirah al-Hilaliyya (Egipto), la
práctica en trabajo de madera de los zafimaniry (Madagascar) o los
cuidados que prodigan médicos itinerantes que utilizan casi un
millar de plantas (Sudamérica).
En otro orden de
cosas, en el ámbito de la recuperación, conservación y difusión del
patrimonio, el voluntario cultural tiene una misión determinante a
través de la educación no formal, un concepto relativamente reciente
con el que ya se está trabajando en importantes foros nacionales e
internacionales. Surgió aproximadamente en los años setenta, cuando
se dio un cambio, o mejor dicho, una ampliación, de la definición de
educación. Así, se postularon tres formas básicas de aprender y de
educar.
- La educación formal: es
aquella que se recibe a través del sistema educativo reglado. Son
los diferentes programas de estudios que se siguen en colegios y
universidades y que abarcan un aspecto del conocimiento
principalmente teórico, aunque en los últimos años se están
revalorizando los aspectos prácticos. Esta modalidad educativa es, y
debe seguir siendo, la base del aprendizaje.
- La educación informal: se
define como una educación dejada «al azar», fuera de la
planificación y el método formativo del educador. Son aquellos
aspectos cuya influencia en nuestro aprendizaje ya nadie puede
negar: ámbito familiar, televisión, prensa, amistades, entorno
social y cultural, etc.
- La educación no formal: se
desarrolla fuera del organigrama oficial que los diferentes
gobiernos establecen para el desarrollo académico (educación
formal). En ella se incluyen todas las variedades de instrucción
promovidas conscientemente, donde la situación de aprendizaje se
busca por ambas partes (emisor y receptor). Son características que
identifican la educación no formal las actividades que sean:
-
organizadas y
estructuradas (de otro modo serían clasificadas como
informales);
-
diseñadas para
un grupo y una meta identificables;
-
organizadas
para lograr un conjunto específico de objetivos de aprendizaje;
-
no
institucionalizadas, llevadas a cabo fuera del sistema
educacional establecido y orientadas a estudiantes que no están
oficialmente matriculados en la escuela (aun si en algunos casos
el aprendizaje tiene lugar en un establecimiento escolar).
«La educación no formal es una actividad
educativa organizada fuera del sistema formal establecido y cuyo fin
es servir a una clientela de aprendizaje identificable con objetivos
de aprendizaje identificables. Si bien la educación formal tiende a
ocuparse principalmente del desarrollo de los conocimientos, la
educación no formal se ocupa de una base más amplia de desarrollo,
inclusive los valores, las actitudes y las aptitudes para la vida de
la persona. A menudo, el énfasis se pone en la responsabilidad
personal y el compromiso al desarrollo y crecimiento propios. El
aprender a través de la educación no formal se basa en la
experiencia directa, esto es, aprender probando, haciendo cosas, en
lugar de hacerlo por lo que ha leído o lo que le han dicho. Además
es progresivo, continúa sobre lo aprendido previamente»
(UNESCO). A través de esta educación no formal, que exige a su vez
una planificación de objetivos y una organización de recursos, el
voluntariado cultural puede proyectar, planificar y desarrollar un
sinnúmero de actividades, que no implican necesariamente desplazarse
fuera de su localidad de residencia, convirtiéndolo en una modalidad
sumamente asequible para el público general, así como en un agente
activo en el seno de su propia sociedad. Las acciones van desde
talleres de alfabetización, formación laboral, artísticos y
artesanales, hasta actividades deportivas, lúdicas y de tiempo
libre, cursos de idiomas, apreciación musical y corales, etc.,
siempre teniendo en cuenta que esta labor dinamizadora nunca podrá
sustituir al trabajador remunerado ni entrar en conflicto con los
otros sectores de la sociedad (público y privado).
Al hilo de estos
argumentos, diremos que la cultura y la educación determinan el
desarrollo de una sociedad, tal y como nos ha demostrado la
historia. Hoy día, estos pilares sociales no son ya una
responsabilidad exclusiva de los gobiernos o estados:
«considerar que la cultura es algo que se
otorga y se protege únicamente por parte de los poderes públicos,
supone desatender, cuando menos, dos exigencias diferentes; la del
ordenamiento jurídico y la de la sociedad española en su conjunto...
se considera necesario propiciar nuevas vías que permitan la
participación de los ciudadanos en actividades que mejoren la
accesibilidad al conocimiento y disfrute de los bienes
culturales...», tal como se estableció en 1995 en España,
la Orden Ministerial en la que se regula el voluntariado cultural
«basado en los principios de una prestación altruista, solidaria,
gratuita y libre, que se canaliza por medio de asociaciones civiles
sin ánimo de lucro»6.

Promoviendo la
cultura se aportan las herramientas y valores necesarios que
caracterizan al ser humano: dignidad, respeto, solidaridad,
responsabilidad, generosidad, tolerancia... El objetivo es obvio:
dar la oportunidad de convertirse en el artífice de la propia
experiencia vital, fortalecer el complejo entramado de sentimientos
y pensamientos que capaciten a cada persona para un verdadero
ejercicio de la libertad. En el documento titulado La Educación de
los Jóvenes: la declaración en los albores del siglo XXI se dice:
«La educación es un proceso de por vida que
favorece el florecimiento permanente de las aptitudes de toda
persona como individuo y como miembro de la sociedad». En
esta definición, la educación reposa en cuatro pilares: aprender a
conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser.
En todo ello, juega un papel preponderante la educación no formal:
«Los programas de educación no formal
pueden organizarse exactamente donde se necesiten y enseñar una
variedad de cosas que pueden ser de utilidad e interés particular
para el grupo de personas involucrado. La educación no formal tiende
a ofrecer las aptitudes que más hacen falta para confrontar las
exigencias de la vida cotidiana»7.
La educación se
nos plantea en el siglo XXI, según las conclusiones del Foro Mundial
de la Educación (UNESCO; Dakar, 2002), como el puente con el que
cruzar hacia nuevos horizontes de futuro más solidarios,
pluriculturales y válidos. Sólo con una sólida formación humana,
desarrollada y aplicada en lo cotidiano, se podrá dar vida a esa
esperanza que, gracias a la acción de millones de voluntarios de
todos los ámbitos, comienza a convertirse en una realidad.
Daniel
Capllonch
Gestor de
ONLs y Promotor de Voluntariado
NOTAS:
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